Kraftwerk

6 Abr

En Washington Highs hay un teatro enorme de los años 20, con una entrada con cenefas de elefantes y balcones desde los que saludan estatuas abanderadas. Lo usan para misas, como el cine en los sitios de veraneo, pero a veces hay conciertos, lo que no me deja de resultar un pelín trasgresor, como cuando el LimeLight estaba en una discoteca, o cuando decían que en Albanía en los buenos tiempos estalinistas las iglesias eran canchas de baloncesto. 

Este es la estatua

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Y estos, los elefantes

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En este teatro, que se llama Union Palace, he visto a los Smashing Pumpkins en aquella vuelta gloriosa y brevísima que tuvieron hace dos o tres años, con aquellos conciertos en blanco y en negro. Ahora Billy Corgan es estrella de telerealidad y está muy pasado, me cuentan.

El miércoles vi otras viejas glorias pero estas se conservan muy bien: los cuatro de Kraftwerk, que tienen sesenta y pico de años, llevan dos años de gira con un espectáculo 3D que le viene muy bien a su alma robótica. 

Se ponen los cuatro en fila, delante de sus teclados con unos trajes que parecen comprados en CyberDog. Alguna escasez de pelo, pero la barriga bajo control. Detrás, una pantalla gigante de la que salen cabezas gigantes de androides o satélites con agujas que parece que se te van a meteren un ojo, pero no, poque nos hemos puesto la gafas que te reparten a la entrada. La gente aúlla con la primera protuberancia y con la segunda y con la tercera y luego se va aflojando, porque todas vienen a ser iguales. Las projecciones son belllíisimas, todas en rojo, negro y blanco, excepto la de Tour de France, que llava azul también, Los colores recuerdan esos colores malditos del siglo pasado… y el futurismo y la pristina palabra positivista (Autobanh, Robot, Tour de France, Tour de France) que hace verso y no dice nada y lo dice todo.

A veces hacen el esfuerzo para no ser malinterpretados y en Radioctivity dicen stop radioactivity, que es un mensaje super hippy y que resulta muy fuera de contexto.

La música es la de siempre pero con con la cara lavada con electrónica de computadora, encima del sintetizador. Trans Europe Express aguanta muy bien, otras no no tanto. 

Después de tanta modernidad y tanto minimalismo, la escalera del teatro me devolvió a la realidad con estas flores de plástico,

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y enfrente, en Broadway, un Bar Manolo terminó de ponerme los pies en el suelo con unos champis al ajillo y un tercio de Mahou, sí en Broadway, en Broadway con 179.

Al final acabé acordándome de “Comunicando” de Mona Bell (o los Santos)

 

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