Anoche

14 Jul

Anoche como a la una la Plaza de Adam Clayon Powell en Harlem estaba cuajada de policías, como veinte o treinta, solos ellos llenando la plaza. Unas ocho o nueve personas con un cartel grande de una asociación anti armas de fuego subían despacio por el bulevar y al pasar a nuestro lado nos saludaron “Peace”, “Peace” les respondimos. Así fue como supe que el veredicto del juicio por la muerte de Trayvon Martin se había hecho público y que habían absuelto al asesino.

Trayvon Martin era un crío de 17 años recién cumplidos que tuvo la mala suerte de cruzarse camino de casa con un tipo que llevaba un arma y que le da miedo de los prietos. Dice que el chico era un maleante y que lo atacó, que por eso sacó la pistola y le disparó en el pecho. Ha alegado defensa propia y, aunque la historia era intragable, el jurado se la ha querido creer y ahí está, durmiendo en su cama. El juicio lo han retrasmitido minuto a minuto, interrumpían solo para poner a peritos, abogados, políticos y periodistas a discutir lo indiscutible.

Adam Clayton Powell Jr. es el nombre que lleva la plaza y la Séptima Avenida al norte de Central Park. Se llama así porque este señor fue el primer congresista afroamericano que tuvo este país. Es la plaza en la que Harlem celebró la elección de Obama hace ya asi cinco años con muchas lágrimas y muchas risas. A la victoria de hace unos meses no le hicieron ni caso, al menos en Harlem y en esa plaza. A los pies de su monumento, feísimo y grandioso, se juntan grupos de viejos en verano cuando baja el sol y en invierno cuando sube; en un corro se escucha son cubano, en el otro blues. En la acera venden mantecas para el pelo, discos viejos, poster de películas, novelas de segunda mano. No hay fotos de los viejos, solo del monumento que es este

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El despliegue de policía era para frenar los altercados que anunciaban en la tele agorera si pasaba lo que ha pasado, que el asesino ha salido libre. Sin embargo, no pasó nada más que grillos y huevos (o igual más bien nachos) nos deseamos paz por la calle camino a casa. Eso sí, después de estar un poquito de marcha en tres sitios: en el primero, galletas chamuscadas y sin chamuscar, codo con codo comiendo y bebiendo; en el segundo, un cazo de chocolate que quiere comer morcilla y baila al son de una banda de tres culos de leche y dos sandías; una pareja de cuervos lucen vestidos de fiesta al son del boogie-woogie que tocan tres coles en el último. Ni un roce, na más que un poquito de sexo, de drogas y de rock´n´roll. Luego, paz y buenas noches. La policía y los canales de televisión se fueron con las manos vacías.

Hoy en Union Square, más policía y los Hare Krishna de todos los domingos, pero también unas doscientas personas pidiendo justicia para el desgraciado muchacho y su familia, que pasan a engrosar la lista de damnificados de estos pistoleros racistas y sus protectores y los que los justifican y los que no hacen nada para evitar estas cosas. Había otra vez blancos y negros, y hasta chinos y latinos, y algún moro que otro. Y mira que esta ciudad está segregada, pero aún así unas pocas veces la desgracia y otras pocas la fiesta nos junta, que parecemos un anuncio de Benetton de aquellos de hace veinte años, o del Domund de hace cuarenta, elige tú la referencia que más le convenga a tu edad.

Este era Trayvon Martin, yo digo lo que dice la pacarta.

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