Diletante, Río de Janeiro

4 May

Las fotos que no pude tomar:

Rua San Roman, Copacabana – Favela Cantagalo. En la acera, un hombre de unos treinta años, blanco, chaqueta blanca, pantalón azul oscuro, camisa de rayas, rezándole al iphone. Justo detrás,  otro hombre joven, de unos dieciocho o veinte, negro, bermudas de colores rasgados, la camiseta de rayas roja y negra del Flamingo subida hasta el pecho, tirado en el suelo, pasado.

El taxista con los seguros echados, baja el cristal y la pregunta algo a un grupo de chiquillos que juega medio de la calle; del grupo se acerca a contestarle una niña de once o doce años con un vestido de tirantes corto y muy ajustado marcando un embarazo de segundo trimestre.

Todos los taxistas echan los seguros del coche cuando les damos la dirección; después de dejarnos en la puerta del hostal, dan la vuelta con estrechez para no meterse más a dentro de la favela.

Un mesa con dos sillas de plástico en la puerta de un bareto: en una él blanco gordo y sano, como cantaba Lolita Sevilla; en la otra, ella blanca, enorme, altísima, teñida de rubio, la camiseta apretando las tetas operadas, el pantalón cortísimo apretando el paquete sin operar.

En una acera en Copacabana, junto a la verja del Parque Peter Pan, dos adolescentes negros duermen en el suelo sobre una lona, de lado en posición fetal uno frente al otro, las manos bajo las mejillas, el sudor dejará en el suelo una copa de Rubin. Son las tres de la tarde.

Mirador de Leblon, terraza de una kiosko: un hombre mayor, negro con un ukelele canta de maravilla todo el repertorio de samba y Bossa Nova que me sé. En una mesa al lado unas niñas de ocho o nueve años de todos los colores celebran un cumpleaños; una de ellas lleva botas de borreguillo de Barbie.

En el tranvía que sube a Cantagalo, un muchacho blanco muy pálido con cara de enfermo mete una a una veinte o treinta bolsas de la compra y ocupa medio vagón – solo hay un vagón -, una muchacha se sienta en el banco – solo hay un banco – y empieza a protestar mientras sujeta su bolso en el regazo con fiereza, el pelo tirante, un lazo rosa en la coleta, discuten todo el viaje. La conductora media. Llegamos a arriba. Cada cual saca lo suyo, su bici, sus bolsas, su cuerpo y siguen su camino favela arriba. Nadie mira la vista de postal.

La foto que sí pude tomar, desde la puerta de la pousada:

13 - 7

Toda la noche se oye música y gallos, gallos a las doce, a las tres, a las seis. Cantagalo tiene bien puesto el nombre.

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